miércoles, 2 de diciembre de 2009

Can you see me?


La pequeña Amie es una jovencita preciosa. De su blanco rostro, adornado por alguna que otra peca, parte una larga melena pelirroja centelleante; todo el mundo queda maravillado cuando Amie corre por las interminables avenidas de la ciudad y su pelo ondea al viento.
Amie tiene una de esas sonrisas tan poco frecuentes, de esas que cuando se dibujan en una cara dejan ésta llena de hoyuelos y pequeñas arrugas de felicidad. Su nariz diminuta y respingona, ligeramente torcida, aporta a su rostro un aire soñador y desenfadado.
Pero lo que realmente llama la atención en la cara de la pequeña Amie, lo que te hace mirarla sorprendido durante un par de segundos, son sus ojos. Flanqueadas por largas y oscuras pestañas, dos esferas verdes y encantadoras te observan, siempre atentas. Pero no es un verde cualquiera; no es tan oscuro como el de la hierba humedecida del parque, ni es un verde claro, como el de las manzanas del jardín de tía Patt. Es un verde...especial.

Sin embargo, por muy sorprendentes que resulten sus ojos, mucha gente ignora lo que realmente destaca de ella. A simple vista lo puedes pasar por alto, incluso quizás aunque compartas toda una vida con la pequeña Amie, no llegues a apreciar que lo más perfecto que tiene son sus manos.
Jamás sabría explicarlo. No son unas manos extremadamente grandes y tampoco pequeñas, son normales, ¡ahí esta el misterio! Es por ello que pueden pasar completamente desapercibidas.
Pero, si te paras a observarla atentamente mientras habla y gesticula, descubrirás el maravilloso movimiento, la preciosa forma que estás tienen.

En definitiva, la pequeña Amie es una de esas personas que destacan por todo y por nada, y que tanto atraen a la gente. Desde el momento en que la conocí, no he encontrado una sola persona que sienta antipatía por ella. A todo el mundo le gusta Amie.

Pero, ¿qué le gusta a la pequeña Amie? Pues verás, nada complicado, cosas simples y cotidianas. A Amie le encanta pasar las tardes en la cafetería de la esquina de su calle, observando a todos los clientes; le gusta ir por la calle rozando los muros con sus manos, ensuciando sus dedos; adora las representaciones teatrales que se hacen en las calles y ese juego cuyo nombre no recuerdo, sí, ese que tiene como objetivo formar palabras.

Pero por encima de todo esto, lo que más ama la pequeña Amie, lo que realmente la llena de felicidad, es la Casa de Verano.
La Casa de Verano está en la costa, en el Sur, lejos del bullicio de la gran ciudad. Es una construcción de paredes blancas y azules que acoge a toda la familia de Amie cada vez que llega la estación del sol; y cuando digo toda la familia, ¡es toda la familia!
Los primos, desde el más pequeño hasta el mayor, siempre vienen de visita durante al menos dos semanas. Y con los primos vienen los tíos, dispuestos a hablar de toda clase de asuntos. Y claro, no pueden faltar los abuelos, que siempre traen algún obsequio, un pequeño regalo para sus nietos.

A la pequeña Amie le encanta ver a toda la familia reunida, es por ello que ama la Casa de Verano. Sin embargo, tampoco le importa estar sola.
A pesar de que siempre hay algún amigo en el pueblo donde se encuentra la casa, la pequeña Amie suele pasar muchas tardes solitarias. En ellas gasta el tiempo bañándose en el mar, meciéndose con las olas y pescando algún pequeño animal marino que se ha acercado mucho a la costa. Después, la pequeña Amie suele secarse bajo el sol, a veces tumbada en la arena y a veces construyendo castillos con ésta. La pequeña Amie siempre quiso ser princesa.

Y justamente, en uno de estos veranos en la costa, cuando se encontraba edificando un nuevo castillo y en medio de sus ensoñaciones, alguien la interrumpió.
Nunca antes había visto a aquel muchacho, pero su aspecto desgarbado, sus profundos ojos marrones, su sonrisa amistosa y su despeinada melena castaña, le inspiraron mucha confianza de inmediato.
Aunque, curiosamente, lo que más captó la atención de la pequeña Amie fueron las manos del joven, las perfectas y bronceadas manos de Jerry.

Pasaron toda la tarde juntos, las horas se consumían, habían perdido la noción del tiempo. Y esa tarde inicial se convirtió en más tardes, que crecieron hasta ser días, semanas y meses. La pequeña Amie y Jerry llenaron su verano de risas, helados en la playa, excursiones nocturnas y castillos de arena en los cuales él era el príncipe y ella, la princesa.

Y el único problema, por así decirlo, fue que nadie, ni siquiera ella misma, se había percatado de que la pequeña Amie ya no era tan pequeña. Y al igual que ella había crecido, fue creciendo su relación con Jerry. Y bueno, como suele pasar, aquella amistad que había surgido por un simple capricho del destino se convirtió en algo más, algo grande, maravilloso e inexplicable.

Pero, tristemente, como se suele decir, lo bueno siempre tiene un final. ¡Y que me cuelguen si no es el verano una de las mejores cosas del mundo!
Y nadie sabe el motivo, pero la pequeña, o ya no tan pequeña Amie, nunca quiso volver a la Casa de Verano, no quiso regresar a la costa que había sido su paraíso particular. Curioso, ¿cierto? Perfectamente podría haber regresado un año después, su encuentro con Jerry hubiese sido grandioso.

Desgraciadamente no fue así, no volvió a saber nada más del que había sido su inseparable compañero de verano, nunca se molestó en encontrarlo. Quizá ya no era tiempo de castillos de arena, Amie había crecido demasiado, o quizá Jerry nunca fue el príncipe con el que antaño había soñado.





E.