lunes, 25 de enero de 2010

give me my handbag


Tic, tac, tic, tac, tic... La manecilla se detiene. Ese dichoso chasquido que te ha atormentado durante toda tu estancia allí, ha cesado; por fin ha cesado. Miras la esfera blanca del reloj de la mesilla e intentas averiguar qué hora es. ¿Cómo era? ¿la aguja grande señalaba las horas? ¿o los minutos? De cualquier manera, aunque hubieras conseguido saber qué hora marcaba el reloj en aquel instante, probablemente no hubiera sido la correcta. Estabas casi segura de que el chasquido había finalizado su melodía largo tiempo atrás, aunque tú creyeras que habían pasado sólo unos segundos. Después de todo, ya no sabías cuanto tiempo llevabas allí.

A duras penas logras abrir del todo tus ojos y aún así continúas viendo borroso, sólo consigues adivinar las siluetas de los objetos que hay repartidos por la habitación. ¿Realmente estaba todo tan distorsionado o tu largo letargo había provocado en ti principios de ceguera? No te engañes, no llevas tanto tiempo allí como desearías, no has pasado cien años entre las sábanas. El mundo no se ha detenido esperando a que regreses, todo sigue su curso y ahora eres tú quien debe ponerse en marcha. ¡Incluso sabes que no estás ciega! Pero ni siquiera tienes fuerzas para ir hasta el baño, limpiarte la cara y volver a ver todo con claridad.

Por suerte vas recobrando la memoria lentamente y recuerdas que dejaste un vaso de agua en la mesilla. No lo piensas dos veces. Derramas todo el agua sobre tu cara; las gotas resbalan y empapan la sábana, atraviesan su tela y pasan a través de tu ropa. Realmente está helada, y con cada gota que toca tu cuerpo sientes como si el filo de un cuchillo atravesara todas las fibras de tu piel. Pero te da igual, porque te sientes viva.
Y probablemente estás pensando en lo ridícula que te ves allí, tendida en la cama, empapada completamente. Y ciertamente, te ves ridícula.

Entonces tu cerebro comienza a mandar señales a todo tu cuerpo. Maldito cerebro. Notas como tu aparato locomotor se va activando, pero te sientes oxidada. No quieres moverte, no abandonarías ese lugar nunca, pero te sientes obligada. Así que empiezas a flexionar las piernas y al final apoyas tus pies en el suelo. Tu última noche despierta fue un auténtico desastre, un caos. Ahora estoy viendo la alfombra de tu habitación salpicada de cristales, recortes y cajas abiertas. Tú estás pasando por encima de todo, y te clavas los cristales en los dedos de los pies, pero no sé si lo sientes. Supongo que no. Veo que te diriges hacia el espejo y, vaya, tienes una pinta horrible, de veras. Si creías que ese vaso de agua iba a solucionar algo en tu cara, no ha hecho más que empeorarlo. Pero yo sé que verte así te da risa, estás deseando soltar una carcajada. Pero eso ni siquiera tú lo sabes, nadie lo sabe, sólo yo. Las líneas de tu rostro están tan pronunciadas, tus ojos tan hundidos, y tú eres tan joven...

Y si el reloj de la mesilla no te había dado la hora, la luz que proviene de fuera te informa de que rondarán las doce de la mañana. Te acercas a la ventana y ahí estoy yo, en el edificio de la acera de enfrente. Sacudo la mano. Miras hacia la calle y ves como la gente camina de aquí para allá y ves sus rostros salpicados por el Sol y en algún lugar suena "La vita è bella" de Nicola Piovani y...

Tuerces tu boca en un amago de sonrisa.




Fdo. ELENA.

domingo, 17 de enero de 2010

Algo prestado


Siempre la veía pasar. Era ya como una especie de ritual. A la misma hora en el parque...salvo los domingos por la mañana, aunque también iba con a esperanza de verla.

Me sentaba en el banco que estaba al lado del sauce y dejaba que los minutos se escurrieran entre mis dedos mientras me la imaginaba sonriente, paseando co los pies desclazos sobre la hierba. Todo un personaje.

Aunque traté, con la mayor discreción que pude, saber en el limitado círculo de amistades que poseía (y que se estrechaba cada vez más rápido) su origen, nunca lo averigué. Era algo que me desconcertaba.

Annabel (como supe que se llamaba) era algo normalilla, de no ser por el contraste de razas que se podían adivinar en susu facciomes.

Tenía la piel tan blanca, que a pesar de mi falta de vista, podría desde mi banco al lado del sauce, señalar sus venas. Sus labios carnosos, no tenían nada que envidiarle a los de cualquier nigeriana, quedaban eclipsados por susu ojos de asiática, que además, eran de color azul, como los de un glaciar. No concordaba......me recordaba tanto a mi hija.

Solía pensar, riéndome para mis adentros, que el día de su boda sólo necesitaría algo prestado, porque el traje blanco y el detalle azul ya los tenía.

Quién iba a imaginar, en aquél septiembre de tardes cálidas, lo que el invierno nos traía con la nieve.

Los acontecimientos se sucedieron con demasiada rapidez. A veces me cuesta recordarlos.

Últimamente, apenas la veía. Y cuando aparecía, estaba triste.

Sus ojos se habían vuelto sombríos, como grises.

Cuando pregunté por ella, em dijeron que tenía un grave problema de corazón, y muy dificilmente se repondría.

Annabel no podía morir. No era justo. Ella disponía de toda su vida para vivirla como quisiera. debía vivir lo que mi hija no pudo.

La última vez qu la vi, pasaba en un coche muy elegante.

la tarde era preciosa, algo inusual en diciembre. Y el tímido sol de invierno se colaba entre las remas del sauce, dándole unos colores que nunca había visto antes.

Pero no me fijé en eso, porque el coche se paró en el semáforo, de manera que estaba justo enfrente de mí. Y supe por qué no había brillo en sus ojos.

Vestía un traje blanco muy bonito y sus ojos, tan azules como siempre, serían el detalle que llevaría al entrar por las grandes puertas de la iglesia. El día que cualquier chica esperaría. No Annabel, que sabía que se moría.

Dejé de verla, y ya no se apreciaba el sol entre las ramas del sauce. Aunque calro, para un anciano de mi edad es perfectamente normal morirse.

Annabel, que vió caerme del banco, fue corriendo hasta mí. debido al esfuerzo, su corazón paró.

Afortunadamente, pudieron operarla, poniéndole un corazón nuevo.

Quién iba a saber, en aquel septiembre de tardes cálidas, que finalmente, el día de su boda, sí que llevaría algo prestado.

Mi corazón.

Aunque en este caso, no lo tendría que devolver.

T.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Can you see me?


La pequeña Amie es una jovencita preciosa. De su blanco rostro, adornado por alguna que otra peca, parte una larga melena pelirroja centelleante; todo el mundo queda maravillado cuando Amie corre por las interminables avenidas de la ciudad y su pelo ondea al viento.
Amie tiene una de esas sonrisas tan poco frecuentes, de esas que cuando se dibujan en una cara dejan ésta llena de hoyuelos y pequeñas arrugas de felicidad. Su nariz diminuta y respingona, ligeramente torcida, aporta a su rostro un aire soñador y desenfadado.
Pero lo que realmente llama la atención en la cara de la pequeña Amie, lo que te hace mirarla sorprendido durante un par de segundos, son sus ojos. Flanqueadas por largas y oscuras pestañas, dos esferas verdes y encantadoras te observan, siempre atentas. Pero no es un verde cualquiera; no es tan oscuro como el de la hierba humedecida del parque, ni es un verde claro, como el de las manzanas del jardín de tía Patt. Es un verde...especial.

Sin embargo, por muy sorprendentes que resulten sus ojos, mucha gente ignora lo que realmente destaca de ella. A simple vista lo puedes pasar por alto, incluso quizás aunque compartas toda una vida con la pequeña Amie, no llegues a apreciar que lo más perfecto que tiene son sus manos.
Jamás sabría explicarlo. No son unas manos extremadamente grandes y tampoco pequeñas, son normales, ¡ahí esta el misterio! Es por ello que pueden pasar completamente desapercibidas.
Pero, si te paras a observarla atentamente mientras habla y gesticula, descubrirás el maravilloso movimiento, la preciosa forma que estás tienen.

En definitiva, la pequeña Amie es una de esas personas que destacan por todo y por nada, y que tanto atraen a la gente. Desde el momento en que la conocí, no he encontrado una sola persona que sienta antipatía por ella. A todo el mundo le gusta Amie.

Pero, ¿qué le gusta a la pequeña Amie? Pues verás, nada complicado, cosas simples y cotidianas. A Amie le encanta pasar las tardes en la cafetería de la esquina de su calle, observando a todos los clientes; le gusta ir por la calle rozando los muros con sus manos, ensuciando sus dedos; adora las representaciones teatrales que se hacen en las calles y ese juego cuyo nombre no recuerdo, sí, ese que tiene como objetivo formar palabras.

Pero por encima de todo esto, lo que más ama la pequeña Amie, lo que realmente la llena de felicidad, es la Casa de Verano.
La Casa de Verano está en la costa, en el Sur, lejos del bullicio de la gran ciudad. Es una construcción de paredes blancas y azules que acoge a toda la familia de Amie cada vez que llega la estación del sol; y cuando digo toda la familia, ¡es toda la familia!
Los primos, desde el más pequeño hasta el mayor, siempre vienen de visita durante al menos dos semanas. Y con los primos vienen los tíos, dispuestos a hablar de toda clase de asuntos. Y claro, no pueden faltar los abuelos, que siempre traen algún obsequio, un pequeño regalo para sus nietos.

A la pequeña Amie le encanta ver a toda la familia reunida, es por ello que ama la Casa de Verano. Sin embargo, tampoco le importa estar sola.
A pesar de que siempre hay algún amigo en el pueblo donde se encuentra la casa, la pequeña Amie suele pasar muchas tardes solitarias. En ellas gasta el tiempo bañándose en el mar, meciéndose con las olas y pescando algún pequeño animal marino que se ha acercado mucho a la costa. Después, la pequeña Amie suele secarse bajo el sol, a veces tumbada en la arena y a veces construyendo castillos con ésta. La pequeña Amie siempre quiso ser princesa.

Y justamente, en uno de estos veranos en la costa, cuando se encontraba edificando un nuevo castillo y en medio de sus ensoñaciones, alguien la interrumpió.
Nunca antes había visto a aquel muchacho, pero su aspecto desgarbado, sus profundos ojos marrones, su sonrisa amistosa y su despeinada melena castaña, le inspiraron mucha confianza de inmediato.
Aunque, curiosamente, lo que más captó la atención de la pequeña Amie fueron las manos del joven, las perfectas y bronceadas manos de Jerry.

Pasaron toda la tarde juntos, las horas se consumían, habían perdido la noción del tiempo. Y esa tarde inicial se convirtió en más tardes, que crecieron hasta ser días, semanas y meses. La pequeña Amie y Jerry llenaron su verano de risas, helados en la playa, excursiones nocturnas y castillos de arena en los cuales él era el príncipe y ella, la princesa.

Y el único problema, por así decirlo, fue que nadie, ni siquiera ella misma, se había percatado de que la pequeña Amie ya no era tan pequeña. Y al igual que ella había crecido, fue creciendo su relación con Jerry. Y bueno, como suele pasar, aquella amistad que había surgido por un simple capricho del destino se convirtió en algo más, algo grande, maravilloso e inexplicable.

Pero, tristemente, como se suele decir, lo bueno siempre tiene un final. ¡Y que me cuelguen si no es el verano una de las mejores cosas del mundo!
Y nadie sabe el motivo, pero la pequeña, o ya no tan pequeña Amie, nunca quiso volver a la Casa de Verano, no quiso regresar a la costa que había sido su paraíso particular. Curioso, ¿cierto? Perfectamente podría haber regresado un año después, su encuentro con Jerry hubiese sido grandioso.

Desgraciadamente no fue así, no volvió a saber nada más del que había sido su inseparable compañero de verano, nunca se molestó en encontrarlo. Quizá ya no era tiempo de castillos de arena, Amie había crecido demasiado, o quizá Jerry nunca fue el príncipe con el que antaño había soñado.





E.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Carta de un niño que nunca nació


Si, a tí niño iluso. Tú, que piensas que no podría pasarte a ti, ya ves. La de vueltas que da la vida.
No me ves.
No me notas.
No me sientes.
No me aprecias.
Ni siquiera lo sabías hasta ahora.
Sin embargo, estaba ahí.
Estaba contigo.
Cuando reías y cuando llorabas.
Cuando dormías y en tus sueños.
Pude haber formado parte de tí, de tu vida. De pequeños momentos que harían de ella algo hermoso.
Pero ella lo sabía. Lo sabía y no te lo dijo.
Ahora, es tarde.
Debió decírtelo, hubiera cambiado las cosas.
Quizás no te hubieras acercado a ella con ese olor penetrante a alcohol barato.
Quizás no te hubieras percatado de ese leve crecimiento en tu vientre.
Quizás no le habrías levantado la mano.
Quizás ahora no estaría tumbada en el suelo, muriendo lentamente de pena.
Al fin y al cabo, la ibas a dejar, ¿ no?
¿Qué más te daba dejarnos en paz?
De todas formas ya no estás aquí.
Puedo oir cómo se ralentiza el bombeo de su corazón. Puedo sentirlo.
Por eso, mi último pensamiento es para tí papá.
Es para tí, porque me diste la vida y me la arrebataste. Perdiendo con ella la de tu mujer.Esa mujer perfecta que te adoraba, a la que adorabas.
Me gustaría haberte conocido.
Quizás lo hubiera entendido.
Adiós, papá.
Tina

martes, 20 de octubre de 2009

¿Lista? ¡YA!

¿Sabes? Me lo prometí a mí misma, me dije "no voy a llorar, no". Tuve que huir de la situación, salir del lugar que hasta ahora había sido mi refugio, evadirme de la realidad; pero después de tanto esfuerzo, lo logré: ni una sóla lágrima.
Hasta ahora.

No sé exactamente que es lo que lleva a una persona al límite en determinado momento; ¿palabras? ¿acciones? ¿gestos?.
Puede que nada, o quizá que todo se junte.
En cualquier caso, en el punto medio de mi desesperación, encontré algo. Me levanté, sequé mis lágrimas, lavé mi cara.
¿Qué iba a conseguir así? ¿Estaba acaso causando algún bien a la gente de mi alrededor, o incluso a mí misma? No.
Como humana que soy, tengo debilidades, me derrumbo. Pero si me derrumbo, me levanto; si me levanto, sigo caminando. Un pie delante, luego otro, y así sucesivamente.
Y si no me incorporo, ¿qué logro? Todo el camino recorrido arruinado por un pequeño bache; las cosas logradas hasta entonces, hechas pedazos por el suelo de esta habitación.
¡Y todo por no tener la fuerza para continuar! ¡Todo por saber que habrá miles y millones de obstáculos más adelante que harán más complicada tu andadura!

Así que me levanto y voy tejiendo una nueva ruta. Una sonrisa en la cara, autenticidad, optimismo.
¿Qué algo me duele? Me curaré, puedo superarlo todo. No voy a detenerme, no voy a obsequiarte con un "no puedo más". Si lo necesito, lloraré, pero no me quedaré ahí.

Si algo me sale mal, ¿me esconderé del mundo? No. Seré yo misma, joder, ¡YO MISMA!
Puede que agrade, o por el contrario que resulte completamente insoportable, que mi actitud no guste. Pero esa soy yo, con mis virtudes y mis defectos.

Hasta ahorame contuve muchas veces; no dije todo lo que quería, no hice cosas que deseaba, no actúe cuando vi que algo no marchaba bien.
Pero se acabó. Si quiero hacer o decir algo, actuar de una manera, lo haré.
¿De qué me sirve guardarlo dentro de mí? Con eso sólo conseguiré quedarme donde estoy.
Pero si lo comparto, o bien avanzo o bien retrocedo; pero no me mantendré quieta. Puede que me arrepienta de mi decisión, que debiera haberlo pensado dos veces. Pero lo hecho, hecho está, y si está hecho, es por algo.

Y si veo que tú te derrumbas, que no tienes fuerza, que no ves un motivo que te impulse a seguir, tiraré de ti.

Sólo me queda una última cosa. He perseguido algo sin descanso; no sé si lo he logrado o lo lograré, no entiendo muy bien como van las cosas.
Pero, lo haya conseguido o no, voy a seguir firme. Voy a intentarlo hasta la saciedad, yo, sólo yo misma. Aquí, tal como soy, ni más ni menos; una vez más con mis virtudes y mis defectos. Luchando por lo que quiero.

Puede que no lo logre, que todos mis esfuerzos sean en vano, que todo esté perdido y que esto que hago es una estupidez. Pero es tu estupidez, para mí es una bonita causa por la que luchar. La mejor causa.

Y si no lo logro, pues ¿qué le voy a hacer? Al menos algo habré aprendido en mi camino, alguna cosa buena. Ergo, mi lucha habrá merecido la pena.

No podrás decir que no lo intenté.

martes, 13 de octubre de 2009

Cuando tienes la posibilidad de escoger entre dos caminos, ¿cómo sabes cuál es el correcto?
Ninguno de los dos pone : '' ¡Escoge este! Nadie va a salir perjudicado.''
Eliges teniendo en cuenta muchas cosas, aunque desde otro punto de vista quizás parezca lo menos indicado.
Y cuando empiezas a caminar procuras no mirar atrás para no recordar que una vez pudiste elegir....Y sin embargo miras.
Miras y te das cuenta de que ese cruce ha cambiado, y no hay manera de volver atrás, (porque siempre guardaste la esperanza de volver si sentías que en ese nuevo camino te iban mal las cosas)y sólo seguir avanzando es tu única opción.
Pero por orgullo, o porloquequieraquesea te pones la máscara y escondes el dolor que te causa ver que las cosas cambian, que ellas también tienen que escoger un camino para continuar sin tí.
Ahora que no puedes volver atrás, finges no haber visto nada y continúas hacia delante, hacia dondequiera que te lleve el camino....
Hasta que tengas que volver a elegir.

Tina.

lunes, 21 de septiembre de 2009

BYE BYE FUCKING GHOST:)


He pensado muchas veces a lo largo de mi vida, que nada merecía la pena; no he tenido valor para hacer frente a todos los problemas que continuamente aparecían. Me he sentido derrotada ante algo o alguien, sin fuerzas para seguir adelante.
He visto a personas sufrir, aguardando el momento de llegar al fin del camino, a ese desenlace predestinado. He visto dolor y tiempo perdido; mi propio tiempo echado por la borda.
En repetidas ocasiones me he dicho a mí misma que era hora de cambiar,que estaba aquí, en este lugar, en este momento, por algo; tenía que aprovecharlo.
Frecuentemente intente convencerme de ello, pero la práctica fallaba.

Supongo que nunca es tarde para corregir errores.
Ahora escúchame. Quiero que llores, pero sólo si cada una de tus lágrimas derramadas esta impregnada de alegría y emoción. Quiero que tu esperanza se funda con la mía, que cumplamos nuestros sueños, que superemos nuestros miedos.
Quiero sentirme agradecida ante las pequeñas cosas que forman mi día a día; labrar una historia, mi historia.
Quiero no desperdiciar ni un sólo minuto más de este camino que recorro.
Y quiero que nadie, repito, NADIE, nos pare los pies; que nos dejen hacernos fuertes y volar lejos de aquí.

Quiero vivir. Y voy a hacerlo.