
Siempre la veía pasar. Era ya como una especie de ritual. A la misma hora en el parque...salvo los domingos por la mañana, aunque también iba con a esperanza de verla.
Me sentaba en el banco que estaba al lado del sauce y dejaba que los minutos se escurrieran entre mis dedos mientras me la imaginaba sonriente, paseando co los pies desclazos sobre la hierba. Todo un personaje.
Aunque traté, con la mayor discreción que pude, saber en el limitado círculo de amistades que poseía (y que se estrechaba cada vez más rápido) su origen, nunca lo averigué. Era algo que me desconcertaba.
Annabel (como supe que se llamaba) era algo normalilla, de no ser por el contraste de razas que se podían adivinar en susu facciomes.
Tenía la piel tan blanca, que a pesar de mi falta de vista, podría desde mi banco al lado del sauce, señalar sus venas. Sus labios carnosos, no tenían nada que envidiarle a los de cualquier nigeriana, quedaban eclipsados por susu ojos de asiática, que además, eran de color azul, como los de un glaciar. No concordaba......me recordaba tanto a mi hija.
Solía pensar, riéndome para mis adentros, que el día de su boda sólo necesitaría algo prestado, porque el traje blanco y el detalle azul ya los tenía.
Quién iba a imaginar, en aquél septiembre de tardes cálidas, lo que el invierno nos traía con la nieve.
Los acontecimientos se sucedieron con demasiada rapidez. A veces me cuesta recordarlos.
Últimamente, apenas la veía. Y cuando aparecía, estaba triste.
Sus ojos se habían vuelto sombríos, como grises.
Cuando pregunté por ella, em dijeron que tenía un grave problema de corazón, y muy dificilmente se repondría.
Annabel no podía morir. No era justo. Ella disponía de toda su vida para vivirla como quisiera. debía vivir lo que mi hija no pudo.
La última vez qu la vi, pasaba en un coche muy elegante.
la tarde era preciosa, algo inusual en diciembre. Y el tímido sol de invierno se colaba entre las remas del sauce, dándole unos colores que nunca había visto antes.
Pero no me fijé en eso, porque el coche se paró en el semáforo, de manera que estaba justo enfrente de mí. Y supe por qué no había brillo en sus ojos.
Vestía un traje blanco muy bonito y sus ojos, tan azules como siempre, serían el detalle que llevaría al entrar por las grandes puertas de la iglesia. El día que cualquier chica esperaría. No Annabel, que sabía que se moría.
Dejé de verla, y ya no se apreciaba el sol entre las ramas del sauce. Aunque calro, para un anciano de mi edad es perfectamente normal morirse.
Annabel, que vió caerme del banco, fue corriendo hasta mí. debido al esfuerzo, su corazón paró.
Afortunadamente, pudieron operarla, poniéndole un corazón nuevo.
Quién iba a saber, en aquel septiembre de tardes cálidas, que finalmente, el día de su boda, sí que llevaría algo prestado.
Mi corazón.
Aunque en este caso, no lo tendría que devolver.
T.

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